Opiniones y reseñas literarias, musicales y más

lunes, 26 de noviembre de 2012

Entrevista a Fernando J. Soto Roland

Inauguramos una nueva sección del blog dedicada a conocer un poco más a los autores de libros destacados, con la entrevista a Fernando Jorge Soto Roland, autor de Eden.


Fernando Jorge Soto Roland
¿Cuándo empezó su afición por la escritura?

Escribo desde que tengo uso de razón. Bien o mal, siempre lo hice. Me resulta placentero y catártico al mismo tiempo. Por otro lado, al pasar mi  infancia en un pueblo de provincia en el que no había televisión, tuve que inventar mis propias historias (de espías, por aquellos días) para pasar el rato… 

¿Intentó publicar antes por los “cauces habituales”?

Sí, lo hice. Tengo publicados en Mar del Plata (Argentina) varios libros. Un ensayo sobre la creencia en fantasmas (tema que usé en la novela EDEN) y dos libros de cuentos y una novela de aventuras (Quillarunas) co-escrita con un escritor y profesor marplatense del que soy muy amigo, Carlos ORTIZ.

¿Por qué se decidió a autopublicar online?

Uno escribe para ser leído y dado que las ediciones en papel son muy caras hoy en día, decidí que, antes de que mis textos desaparecieran en la papelera de reciclaje de mi PC era mejor colgarlos online.

¿Qué ventajas tiene la publicación online respecto a la publicación en papel?

La ventaja es que te lee mucha gente que no pagaría un peso por acceder al trabajo de alguien que, como yo, es un ilustre desconocido.

En el libro se mezcla el pasado nazi y la dictadura militar argentinos con una historia de fantasmas, ¿cómo se le ocurrió juntar todos estos conceptos?

Hace unos años visité dos hoteles en la provincia de Córdoba (el Eden Hotel y el Gran Hotel Viena) que combinaban rumores y leyendas referidos a nazis y fantasmas. Me llamó mucho la atención y a partir de ahí desarrollé la idea. Los militares de la dictadura aparecieron por obvias razones de familiaridad con los adoradores del “Tío Adolfo”.

En su novela, la historia real del hotel Eden (sus propietarios y su admiración por el nazismo, su posterior abandono…) es parte de la trama. ¿También la historia de fantasmas (de la que no voy a mencionar nada para no hacer spoilers) está basada en algún hecho real o en alguna leyenda local?

Si bien todos los lugares abandonados parecen atraer a fantasmas de diversas especies (véase http://www.libroptica.com.ar/AbandonoyOlvido.html) la historia que se relata en la novela EDEN no tiene ningún correlato serio con la moderna leyenda urbana del sitio. Es pura ficción.

Hemos visto que también ha publicado varios ensayos sobre los fantasmas y el mundo sobrenatural, ¿qué lleva a un profesor de Historia a interesarse tanto por lo oculto? 

 En principio quisiera dejar en claro que no creo en fantasmas. El ángulo desde el cual analizo la temática es el de la historia de mentalidades y no el de la parapsicología, o alguna otra disciplina extra-científica, tan de moda a principios del siglo XXI. Por ese motivo, responder “qué es un fantasma” creo que depende del lugar y de la época en que se hace la pregunta. Lo que entendemos nosotros por fantasma es, seguramente, algo muy distinto a lo que entendía un hombre del siglo XVII; o lo que entienden hoy comunidades que tienen escaso contacto con la cultura occidental. Incluso el hecho de ser crédulo o incrédulo modifica la definición que le damos al fenómeno. 
Lo cierto es que siempre me ha sorprendido la fluctuante capacidad para creer en historias fantásticas que muchas personas poseen en la actualidad. Basta con organizar una reunión frente a un fogón —en cualquier noche de invierno o de verano— para advertir cómo, inexorablemente, la conversación deriva hacia temas que meten miedo y que, generalmente, tienen como protagonistas a fantasmas de distintas especies. En circunstancias como ésas, el viento deja de ser viento para convertirse en susurros o lamentos; las sombras nocturnas se vuelven misteriosamente significativas, denotando presencias no expuestas que alimentan la sugestión y agigantan la imaginación. El mismísimo recuerdo se ve alterado, y acontecimientos del pasado personal —mal definidos por la memoria— encuentran en aquel contexto nocturno un catalizador que los reinterpreta, entablando ocultas relaciones, antes no tenidas en cuenta. La noche y los fantasmas se llevan bien. Es un binomio que ha logrado mantenerse en buenos términos durante siglos en el imaginario de la cultura occidental, sustentando así una abundante literatura que, aún hoy, sigue publicándose con gran éxito editorial. 
Los fantasmas nos seducen, nos interesan, nos inquietan. No es posible la neutralidad o la absoluta indiferencia cuando alguien instala el tema en una mesa de discusión. Se les puede reverenciar, temer o rechazar, pero nunca hacerlos a un lado sin algún comentario irónico, escéptico o crédulo.
Occidente ha tenido —con estas entidades intangibles de su imaginario— una relación que se advierte cualitativamente cambiante en momentos determinados de su historia; y múltiples fueron los factores que se conjugaron para que los fantasmas sean hoy lo que la literatura muestra y mucha gente sostiene que son. Por todo ello creo, sin temor a equivocarme, que la experiencia temerosa ante los fantasmas —su definición, atributos y cualidades— estuvo, y está, social, cultural e históricamente determinada. 
Por ejemplo, durante la edad Media, y aproximadamente hasta los siglo XI al XIII, los acontecimientos maravillosos eran aceptados y reconocidos como parte natural de un Universo aún no regulado por la leyes de la física. Por lo tanto, los prodigios se añadían al mundo real sin atentar contra él, ni destruir su coherencia. Hadas, dragones, monstruos y duendes penetraban el mundo natural sin conflictos, sorpresa o misterio. El concepto de “lo imposible” carecía de sentido y “lo maravilloso” no espantaba ni sorprendía, ya que no violaba ninguna regla sólidamente establecida. Estas cualidades otorgadas a la realidad hacían, del ignoto mundo invisible que rodeaba a los hombres, un hecho cotidiano, que siempre tenían en cuenta a la hora de explicar catástrofes, pestes o hambrunas. La buena o mala suerte —individual y colectiva— se hallaba regulada, de una forma imposible de conocer, por fuerzas y energías que trascendían el mero plano material en el que hombres y mujeres desarrollaban sus prácticas diarias. Incluso, la frontera entre la vida y la muerte no estaba —como hoy— absolutamente definida. En aquellos días la gente parecía convivir tranquilamente con los fantasmas que recorrían las anécdotas de cientos de relatos e historias. No se les tenía el miedo que hoy se les tiene. Eran algo, digamos, “más natural”. 
Pero desde el Renacimiento (siglos XV-XVI) se empezó a perfilar, gradualmente, un cambio actitudinal y mental que dio una visión muy particular a los fantasmas. La experiencia, la comprobación empírica, el ver y racionalizar el mundo, levantaron una barrera entre lo visible y lo invisible (inexistente hasta entonces). Lo animado se diferenció de lo inanimado, y los prodigios —entre ellos los fantasmas— empezaron a quebrantar la estabilidad de un universo que procuraba ser controlado por leyes tenidas por inmutables. El sentido de “lo imposible” tomó su forma original y con él, el status de las maravillas se vio transformado. La antigua convivencia con los espectros (que nunca dejaron de inquietar un poco) se alteró y “lo sobrenatural” apareció como una fractura a la coherencia; sorprendiendo y aterrorizando. Desde entonces, los fantasmas se transformaron en entidades perturbadoras. Al descomponerse la fluidez antes existente entre este mundo y el Más Allá, el terror hizo acto de presencia, ya que el contacto entre ambas realidades podía poner en riesgo la salud física, psíquica y moral de los hombres. Fue cuando el fantasmas se convirtió en algo demoníaco, en un aliado de Satanás y las brujas. Una entidad etérea pero capaz de dañar y, por supuesto, asustar mucho. Algunos negaron su existencia, pero muchos eruditos de entonces se limitaron a debatir sobre las cualidades bondadosas o malignas que tenían. Éstos, autores de famosos libros de demonología (rama de la teología que se dedicaba al estudio y análisis pormenorizado de las acciones del Diablo y sus acólitos en la Tierra), fueron los responsables del miedo sobrenatural que tradicionalmente se les tiene a los fantasmas. 
Recién en los siglos XVIII y XIX cuando la ciencia desplazó a la Teología y todas sus verdades reveladas, y el empirismo dieciochesco impuso a la experiencia como único criterio de verdad, la creencia en fantasmas pasó a ser objeto de estudio de disciplinas médicas, que describían y trataban de curar enfermedades mentales. De seres reales, los fantasmas pasaron a gozar de una existencia subjetiva propia de los enfermos alucinados, esquizofrénicos, histéricos y paranoicos. 
Así, especialmente desde el siglo XIX, las interpretaciones dadas a la apariciones dejaron el ámbito de la demonología para ser transferidas al de la psiquiatría; y el temor a la locura substituyó al que se le tenía al Diablo. El Positivismo, que destruía el misterio y desarticulaba al asombro, empezó a recibir una crítica muy profunda desde sectores que —si bien no aspiraban a regresar al oscurantismo de antaño— pretendían hacer uso de una ciencia con perspectivas más amplias, menos intolerante y soberbia; en otras palabras, deseaban tener un método híbrido que conjugara el conocimiento y el arte, el saber y la emoción. Como consecuencia, se impuso un viejo concepto para identificar a las disciplinas que se encargaban de estudiar a los fantasmas y sus manifestaciones: las Ciencias Ocultas. Pero la Ciencia Oficial —mecanicista, positivista, materialista— etiquetó el tema de los fantasmas como una “soberana tontería” y lo archivó. Excluidos del ámbito científico por considerarlos productos de afiebradas fantasías histéricas, los espectros buscaron un obligado exilio en la novelística, la poesía y el rumor local. El racionalismo los desechaba y todo aquel que los tomara en serio corría el riesgo de ser tachado de ignorante, oscurantista, y por lo tanto perder el prestigio entre sus colegas, vecinos y amigos. El lenguaje tradicional —aquel derivado de lo religioso— fue desplazado por nuevas hipótesis, nacidas de un materialismo agnóstico que —si bien no negaba la existencia de los fantasmas— les dio a los espectros soluciones teóricas más acordes con el cientificismo que pretendía alcanzar. Fue una renovada moda especulativa que puso el acento ya no en entidades independientes del testigo —el fantasma tradicional— sino en el testigo mismo. Las materializaciones y visiones pasaron a ser “proyecciones de la mente” de un ser vivo sobre la conciencia de otro ser vivo. Una especie de “fax telepático” que descartaba la posibilidad de un regreso desde el Más Allá y dejaba abierta la problemática de la supervivencia a otra disciplinas.
Por lo pronto, creo que la definición de fantasma siguió un largo camino en que el sentido del término varió. De entidades difusas, inmateriales y aceptadas, pasaron luego a ser seres que metían miedo y, posteriormente al advenimiento de la ciencia ,moderna, manifestaciones de capacidades psíquicas aún no conocidas.
Como pueden ver, cada época definió a los fantasmas como mejor supo y pudo. Aunque, la tradición sintetice todo diciendo que son los espíritus de los muertos que regresan en busca de algo desde el Más Allá.
Todo eso es lo que me interesa del tema como historiador.
Posiblemente haya sido el temor que les tenía cuando era niño o el enorme disfrute que aún siento cada vez que alguien me relata una historia de apariciones. ¿Quién no siente “algo raro” cuando escucha historias de fantasmas? Mis hijos pequeños y mis alumnos, incluso en la Facultad, siempre me reclaman historias de ese tipo; y es que, en el fondo, nos gusta sentir miedo. Nos deleitamos con relatos que rompen con lo cotidiano y que, inconscientemente, nos dan esperanzas de una vida más allá de la muerte.
Pero mi interés académico por el tema se desató a partir de una seminario que cursé con el historiador francés Roger Chartier sobre historia de la lectura y los libros, en Mar del Plata (República Argentina). En ese curso advertí cómo había variado la forma de leer e interpretar lo escrito a lo largo del tiempo y, en una charla personal que tuve con el autor, le propuse la idea de encarar un trabajo que rescatara viejos textos que refirieran a fantasmas, desde la edad media al siglo XIX. Esa tesina creció con las lecturas y de pronto me vi con una serie de ideas en la cabeza que necesité poner por escrito para explicar cómo había evolucionado la creencia en fantasmas a lo largo del imaginario de la cultura occidental. Y entiéndase bien: lo que yo investigué es la evolución de la creencia en fantasmas, no la existencia real o ficticia de los mismos. Lo que traté de hacer fue contextuar históricamente el origen del terror a los aparecidos, detectando los diversos factores sociales, políticos, económicos y culturales que entraron en juego para que ello ocurriera. A través del devenir histórico de los fantasmas en el imaginario de Occidente, intenté describir cómo la estructura construida de la realidad se vio alterada en determinados momentos, viendo de qué manera los paradigmas y hábitos psíquicos de cada época condicionaron las explicaciones que se daban de las apariciones espectrales de leyendas y rumores. Cada cultura ha inventado sus propios fantasmas, y occidente no ha sido la excepción a la regla. 

Además de Eden, también ha escrito una novela con Indiana Jones  de protagonista (Indiana Jones y el Reino del Paititi) pero, ¿Está trabajando en algún nuevo proyecto literario? ¿Va a volver a escribir ficción de terror?

La novelitas de Indiana Jones son parte de mi veta infantil y un tanto aventurera. La mayoría las escribí para mis hijos (que nunca las leyeron como es obvio) en un momento difícil de mi vida. Es terapia pura. En vez de pagar un psicólogo me inventé un universo de ficción en el que Indy era el protagonista. Sorprendentemente han sido leídas en muchas partes, con críticas favorables (aún más sorprendente).
En estos momentos no tengo ninguna novela de terror en mente, pero la realidad de este mundo es tan impiadosa que no pierdo la esperanza de que surja una en cualquier momento.

¿Se ha puesto en contacto con usted alguna editorial tradicional a raíz de ver su libro online?

No.

Por último, ¿qué consejo le daría a los escritores noveles que están pensando en autopublicar online?

No me gusta dar consejos, a no ser a mis hijos. Pero, ya que lo preguntan, lo único que les diría es que hay que escribir todos los días un poquito. No basta con tener una idea en la cabeza, hay que plasmarla en el papel (o pantalla). Es ahí cuando surgen las cosas (buenas y malas). Les diría que disfruten al hacerlo. El proceso es lo más interesante, no tanto el resultado. En mi caso personal, no hay peor momento que cuando termino un escrito y el proceso de creación termina. Ese es el momento en que hay que publicar el resultado, sin pensar demasiado en la crítica.

4 comentarios:

  1. No he leído aún nada del autor, pero su novela no pinta bien.
    Interesante la entrevista.
    Un beso!

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  2. Pues te recomendamos que la leas, es una novela interesantísima y muy bien escrita. Puedes leer la reseña aquí

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  3. Muy buena la novela, a mi me ha enganchado desde el principio. Muy buena también la entrevista.

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  4. es un excelente escritor!! desde chico lo hacia ,su imaginacion siempre fue superior.

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